UN HOMBRE BUENO
50 aniversario del fallecimiento del Venerable Hno. Adolfo,
( D. Leonardo Lanzuela Martínez) , de las Escuelas Cristianas de La Salle.
Este mes de marzo de 2026, y más
concretamente el día 14, se cumplen 50 años del fallecimiento del Venerable, Hno.
Adolfo. Tuve el privilegio
de conocerlo, y de certificar su humanidad, bondad y santidad. Las familias del barrio de Montemolin, y los
alumnos, a los que ayudó, en unos
momentos difíciles, del siglo pasado, siempre lo recordaremos.
Fue una persona sencilla y
amable, gran devoto de la Virgen del Pilar, al que todo el mundo apreciaba,
supo estar, y pasar desapercibido durante toda su vida, y al mismo tiempo tener
una cercanía y una calidad humana que sale fuera de lo normal.
En este 50 aniversario de su fallecimiento , multitud de vecinos del barrio de Montemolin, seguimos recordando al Venerable Hno. Adolfo con algunas palabras de las personas que lo conocieron, y trataron, estas frases definen bien su persona y trayectoria:
-“ Su vida irradiaba espiritualidad, “ Era el reflejo
de la bondad de Dios”, -“ El Hno. Adolfo fue la transparencia de Dios”-…
El 30 de junio de 1993 , en el Pleno del Ayuntamiento de Zaragoza, se le
concede oficialmente a su memoria, el nombre de -Hermano Adolfo-, a una calle de la ciudad , en el barrio de
Montemolin.
El Hno. Adolfo esparció por todo el barrio, su caridad , su servicio callado y eficaz,
entre todos sus vecinos, por este motivo y con mucho acierto, estos mismos
vecinos y todos los que le conocieron, lo
proclamaron, “El Apóstol
de Montemolin”
Francisco J. Murillo.
AV Larrinaga – Montemolin.
Artículo del BOLETÍN
INFORMATIVO
CAUSA DE CANONIZACIÓN
DEL VENERABLE HNO. ADOLFO LANZUELA
DE LAS ESCUELAS
CRISTIANAS
Colegio La Salle de
Montemolin
Plata que es de oro
Dicen que el destino es
caprichoso. Pero, para las personas sencillas, fue una despedida llena de
trascendencia.
El Hermano Adolfo es recordado
como el "Apóstol de Montemolín”. Como Hermano de la Salle, fue un educador
que todos los alumnos querían tener en clase. Al mismo tiempo, se convirtió en
una figura familiar en las calles del barrio donde vivió durante 49 años,
ejerciendo un apostolado de cercanía, ayuda y consuelo a personas en
situaciones difíciles. Un hombre cuya sencillez y entrega dejaron una huella
imborrable en aquel barrio.
Hacía tres años que se había retirado
a descansar a Irún dado su delicado estado de salud. El destino quiso que
volviera a su “casa” para el final. Había regresado a Zaragoza solo un día
antes, el 13 de marzo. Sus simpatizantes estaban felices de tenerlo de vuelta.
Pero el Hermano Adolfo ya traía el equipaje listo para un viaje más largo.
Regresaba para recoger la Medalla
de Plata al Mérito del Trabajo que le iban a entregar oficialmente. Pero Dios,
mejor pagador, no quería darle un trozo de metal, quería la corona de los
justos. Esa misma noche, sin un quejido, sin molestar a nadie —como fue su vida
entera—, su corazón se detuvo. Murió como mueren los elegidos: en la paz
absoluta de quien sabe que ha cumplido su misión.
El enfermero lo encontró por la
mañana ya descansando para siempre, con una paz en la cara que solo muestran los
que tienen la conciencia muy tranquila. No hubo agonía, sino un suspiro final
que puso fin a una vida plena de sentido y fidelidad. Era la mañana del 14 de
marzo de 1976. Hace ahora, exactamente, 50 años.
Cuando la noticia saltó a las
calles, el impacto fue conmovedor. El corazón de muchas personas y familias se
sobrecogió, dejando un silencio espeso en cada rincón del barrio. No se decía:
ha muerto una persona excelente; se gritaba con lágrimas: "¡Se nos ha ido un
santo!". No hacía falta dar más explicaciones: todos sabían que se
referían al hombre que siempre tenía una palabra de aliento y las manos
abiertas para quien no tenía nada.
Miles de personas, desde los
obreros más humildes hasta las autoridades civiles y eclesiásticas, colapsaron
el colegio para mostrar su respeto y admiración. No había tristeza de luto,
sino estupor sagrado. La gente hacía filas interminables no para despedirlo,
sino para pedirle favores, convencidos de que aquel hombre que olía a santidad
ya estaba susurrando sus nombres al oído de Dios.
El Hermano Adolfo se fue en
silencio mientras la ciudad preparaba los discursos y los aplausos. La medalla
de los hombres era el agradecimiento por sus 49 años de entrega incansable a la
educación en La Salle Montemolín. Dios le otorgaba una medalla de oro eterno:
la gloria por haber sido un "siervo bueno y fiel". La de plata se
quedó en el pecho de su cadáver como un tributo de gratitud de sus alumnos; la
de Dios se la llevó grabada en el alma como impronta de lo eterno. Fue una
despedida llena de trascendencia.
El Hermano Adolfo fue enterrado
en el cementerio que los Hermanos tienen en el Santuario de Nuestra Señora de
La Estrella, en San Asensio. Allí permaneció hasta el 14 de junio de 1980, en
que sus restos fueron trasladados a Zaragoza. Hoy reposan en la capilla del
Colegio La Salle Montemolín, donde sigue escuchando las penas y alegrías de
quienes lo visitan.
H. Juan José Santos
Zaragoza marzo de 2026
Nota: El sábado 14 de marzo, a
las 19:30 se celebrará una Eucaristía,
en la Parroquia de Ntra. Sra. de
los Dolores, C/ Juana de Ibarbourou 10, acompañados por la Coral La Salle
Montemolin.
Posteriormente el domingo 15, a
las 12 h. se celebrará una Eucaristía , en el
Colegio La Salle Montemolin, C/ José Galiay 11 .

